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Por Chester Hernández
El Hospital de la Mujer se encuentra sumido en una crisis alarmante. Personal médico y de enfermería han denunciado públicamente la escasez grave de insumos básicos para trabajar: guantes, baumanómetros, jeringas e incluso algodones, que son entregados “contados”, como si se tratara de artículos de lujo y no de herramientas esenciales para salvar vidas.
La situación escaló tras una protesta organizada por personal de enfermería para exigir condiciones mínimamente dignas. En vez de soluciones, recibieron castigo: turnos dobles y represalias administrativas. Y detrás de este abuso, señalan con nombre y apellido a quien debió defenderlos: Julio Alfredo García, líder sindical, acusado de actuar como un “charro” que pactó en lo oscuro con la dirección, traicionando al personal.
El clima laboral es asfixiante. Policías auxiliares patrullan las instalaciones con actitud intimidante. “Parecen la SS”, se escucha en los pasillos, en referencia a la histórica policía de represión nazi. Lejos de ofrecer seguridad, generan miedo. La administración ha convertido el hospital en un centro de vigilancia y castigo.
Las denuncias de acoso laboral son constantes, y todas apuntan a la directora del hospital, la Dra. María del Socorro Cabrera Salgado. Lejos de mostrar disposición al diálogo, presume abiertamente su cercanía con el gobernador del estado, como si esa supuesta amistad fuera licencia para actuar con impunidad. Pero no debe olvidarse algo fundamental: el gobernador lo ha dicho una y mil veces: la amistad no se presume, se honra.
¿Sabrá de esto el secretario de Salud? ¿Se atreverá a mirar hacia dentro y escuchar al personal que sostiene esta institución? ¿O seguirá reinando la complicidad, el silencio y el abuso?
Lo más doloroso es que, en medio de esta red de corrupción, castigo y negligencia, quienes pagan los platos rotos son los ciudadanos que acuden a este nosocomio en busca de atención, y reciben indiferencia, negligencia y abandono.
