El camaleón tricolor y la operación tras bambalinas en Puebla

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Por Chéster Hernández

En la política poblana nada parece casual. Detrás de los movimientos que hoy sacuden el tablero electoral asoma, una vez más, el nombre de Jorge Estefan Chidiac, el viejo operador priista que ha hecho del camuflaje partidista su principal habilidad. El “camaleón tricolor”, como se le conoce en los corrillos políticos, vuelve a estar en el centro de la escena, ahora vinculado con una estrategia que involucra a Blanca Alcalá y Eduardo Rivera.
La jugada, según diversas versiones al interior de los partidos, consistiría en impulsar a Blanca Alcalá bajo las siglas del PAN y a Eduardo Rivera en Movimiento Ciudadano. Un movimiento que, más que responder a convicciones ideológicas, parece obedecer a una lógica estrictamente electoral: fragmentar el voto opositor y abrir un boquete a Morena en la próxima contienda.
La pregunta es inevitable: ¿qué finalidad tiene reciclar a estos personajes, señalados por amplios sectores ciudadanos como parte de una clase política desgastada y opaca? ¿Se trata de ofrecer nuevas alternativas o simplemente de reacomodar piezas de un mismo ajedrez que se resiste a renovarse?
Blanca Alcalá y Eduardo Rivera no son figuras nuevas. Ambos arrastran historias, alianzas y decisiones que han marcado la vida pública del estado. Recolocarlos en distintos partidos no borra su pasado ni transforma, por arte de magia, la percepción ciudadana. Más bien refuerza la idea de que las siglas son intercambiables cuando el objetivo es conservar cuotas de poder.
En este contexto, el papel de Estefan Chidiac no puede minimizarse. Su trayectoria ha estado marcada por negociaciones, rupturas y reconciliaciones estratégicas. Hoy, nuevamente, aparece como el arquitecto de un movimiento que busca reconfigurar el escenario electoral sin alterar el fondo del problema: la falta de propuestas claras y de perfiles verdaderamente renovados.
Todo esto ocurre mientras el Ayuntamiento de Puebla atraviesa una etapa gris. La administración de José Chedraui ha sido descrita por críticos como una gestión que “no ata ni desata”, incapaz de imprimir rumbo o carácter propio. En medio de esa percepción de inmovilidad, los movimientos tras bambalinas adquieren mayor relevancia, pues revelan que la disputa real no está en el ejercicio del gobierno, sino en la próxima elección.
La ciudadanía merece algo más que estrategias calculadas y candidaturas recicladas. Merece transparencia sobre quién mueve los hilos y con qué propósito. Si la intención es debilitar a un adversario, que se diga con claridad. Pero si lo que se busca es recuperar la confianza pública, será necesario algo más que cambiar de camiseta.
En Puebla, la política vuelve a demostrar que los colores pueden mutar, pero las prácticas persisten. Y mientras los operadores afinan sus maniobras, la sociedad observa, cada vez con mayor escepticismo, un juego que parece repetirse sexenio tras sexenio.

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