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Por Chéster Hernández
La partida de una mascota deja una huella imborrable en el corazón de una familia. No se trata solo de un animal de compañía, sino de un ser que, con el paso del tiempo, se convierte en parte esencial del hogar y en un integrante más de la vida cotidiana.
Las mascotas llegan a ocupar un lugar único: son compañeros incondicionales, pequeñas “personitas” que saben comunicarse sin palabras. Con una mirada, un movimiento de cola o un suave ronroneo, expresan cariño, comprensión y consuelo. Están presentes en los momentos felices y también en los días difíciles, ofreciendo siempre su afecto sincero y sin reservas.
A diferencia de los seres humanos, no guardan rencor ni sentimientos negativos hacia su amo. Su amor es puro, constante y desinteresado. Por eso, cuando se extravían o parten de este mundo, la angustia invade el corazón de quienes los aman. Se les busca incansablemente, con la esperanza de volver a verlos cruzar la puerta del hogar.
Muchas veces, como niños inocentes, cruzan la calle sin medir el peligro. No comprenden los riesgos que existen más allá de su entorno seguro, y esa vulnerabilidad los hace aún más entrañables.
Cuando se van, dejan un vacío difícil de describir. Ya no estarán esperando en la puerta, moviendo la cola o acercándose en silencio para dar consuelo. Ya no se escuchará el maullido o el ladrido que anunciaba su presencia. Ese espacio en casa se vuelve un recordatorio constante del amor que brindaron.
Sea un gatito o un perrito, esos peluditos llenan vacíos en el corazón humano. Nos enseñan sobre lealtad, ternura y entrega absoluta. Y aunque su ausencia duele profundamente, el recuerdo de su cariño permanece para siempre, como un testimonio del vínculo sincero que solo ellos saben ofrecer.
Adiós, Tomy. Te vamos a extrañar mucho. Las campañas no serán iguales sin ti.



