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Puebla, Pue.— El hallazgo de dos cuerpos en la cisterna del antiguo bar #McCarthy’s, en Avenida Juárez, no es un hecho aislado ni un caso excepcional. Es, por el contrario, un síntoma más de una crisis profunda que atraviesa distintos espacios de la vida cotidiana, desde centros nocturnos hasta mercados populares.
Porque no solo en bares se han encontrado escenas similares. También en mercados —lugares donde diariamente acuden familias enteras a abastecerse— se han registrado descubrimientos de cadáveres ocultos, enterrados o abandonados. La constante es inquietante: espacios públicos o de alta afluencia convertidos en escenarios de horror sin que exista una intervención oportuna de las autoridades.
El caso reciente vuelve a poner en evidencia lo que muchos ciudadanos señalan desde hace tiempo: actividades ilícitas que operan bajo la mirada permisiva —o ineficaz— de quienes deberían regularlas. Ya sea en un bar de aparente exclusividad o en un mercado popular, el patrón se repite con una normalidad que resulta alarmante.
El problema, entonces, no distingue nivel económico ni tipo de establecimiento. La violencia se infiltra por igual en todos los rincones, mientras los mecanismos de supervisión parecen insuficientes o, en el peor de los casos, inexistentes.
A esto se suma una preocupación adicional: la falta de controles sanitarios y estructurales en estos espacios. Si en un bar pudo existir una cisterna con cuerpos sin que nadie lo detectara, ¿qué garantiza que otros lugares —incluidos mercados— no presenten condiciones igualmente graves?
Las preguntas vuelven a ser inevitables: ¿quién vigila realmente estos establecimientos? ¿Con qué frecuencia se inspeccionan? ¿Qué criterios se utilizan para otorgar permisos y asegurar que se cumplan las condiciones mínimas de operación?
El hallazgo en Avenida Juárez debería marcar un punto de quiebre. No solo por la gravedad del hecho en sí, sino porque confirma una tendencia que ya no puede minimizarse: la normalización de la violencia en espacios donde debería prevalecer la seguridad.
Mientras las investigaciones continúan y las autoridades prometen esclarecer lo ocurrido, la ciudadanía enfrenta una realidad incómoda: los lugares más cotidianos pueden ocultar historias de muerte. Y eso, más que una coincidencia, refleja una falla estructural que exige respuestas urgentes y acciones concretas.



