En Puebla primero el aumento al pasaje y luego, quizá, arreglan el transporte

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Implacable por Paty Herrera

Todos los que hemos tenido que utilizar el “excelentísimo” servicio de transporte público en Puebla acumulamos anécdotas; lamentablemente casi todas son malas.

Basta con observar el estado de las unidades: asientos rotos, roídos y sucios; espacios reducidos al límite para meter más pasajeros; timbres que no funcionan; puertas que se atoran; motores escandalosos; frenos que rechinan en cada parada y pasamanos mal atornillados que representan un riesgo constante para los usuarios. Muchas unidades parecen más cercanas al desecho que a un medio de transporte digno para la Angelópolis.

Sin embargo, lo peor del servicio no es únicamente la condición de los vehículos. Lo verdaderamente indignante es la actitud de muchos choferes. La grosería, la prepotencia y la falta de profesionalismo parecen haberse normalizado. No es raro encontrarse con conductores que manejan mientras revisan el teléfono, ponen música a un volumen insoportable o incluso participan en las famosas “carreritas” para ganar pasaje, poniendo en riesgo la vida de todos. Rebasan líneas peatonales, ignoran señalamientos y convierten cada trayecto en una ruleta rusa.

A esto se suma el acoso constante hacia las mujeres, especialmente a colegialas, mediante miradas incómodas, comentarios o actitudes intimidantes que muchas veces quedan impunes. También es frecuente que intenten cobrar de más o finjan no tener cambio, aprovechándose de usuarios que necesitan llegar rápido a su destino y no tienen margen para discutir.

La situación es todavía más grave cuando se trata de personas con discapacidad. Aunque la ley establece gratuidad o facilidades para ciertos usuarios vulnerables, numerosos operadores se niegan a respetarlas. En muchos casos reaccionan con hostilidad, discriminación y un trato francamente inhumano hacia quienes más deberían recibir consideración.

Y aun con este panorama, el gobierno y los concesionarios vuelven a justificar un aumento al pasaje apelando al incremento en el precio del combustible, la inflación o los costos de operación. El problema es que en Puebla los aumentos jamás se han traducido en una mejora real del servicio. El antecedente más claro fue el incremento de 2019, cuando el pasaje pasó de 6 a 8.50 pesos bajo la promesa de modernizar unidades, instalar cámaras de seguridad, botones de pánico y mejorar la calidad del transporte. Años después, gran parte de esas promesas siguen sin cumplirse y los usuarios continúan viajando en unidades deterioradas, inseguras y operadas sin supervisión efectiva.

El ciudadano poblano no está pagando por un servicio eficiente ni digno; está pagando cada vez más por soportar el mismo abandono, la misma corrupción y la misma negligencia de siempre.

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