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Por Chester Hernández
Hace unos días, un periodista poblano, apareció en medios victimizándose por las declaraciones hechas por el gobernador Alejandro Armenta. Resulta curioso que ese mismo periodista, en su momento, fungió como verdugo de muchas figuras públicas. Hoy, cuando las críticas lo alcanzan, pide clemencia.
Es momento de reflexionar sobre el papel que algunos comunicadores han decidido jugar en la vida pública: el de acusadores implacables, sin considerar que detrás de cada nombre señalado hay familias, hijos, personas que también sufren. Difamar desde la comodidad de un teclado o micrófono es una práctica peligrosa y, lamentablemente, común.
El periodismo no debe ser utilizado como herramienta de chantaje ni como medio para atacar a los políticos por intereses personales. Su verdadero fin es evidenciar lo que está mal, denunciar las injusticias, señalar los errores del poder cuando estos afectan a la sociedad. El periodista tiene la responsabilidad de informar con ética, con pruebas, con argumentos; no con rencor ni con afán de venganza.
El derecho, como conjunto de normas imperativas que rigen una sociedad, también considera que la omisión puede constituir un delito. Sin embargo, los periodistas no somos jueces. No nos corresponde emitir sentencias, sino generar conciencia, informar con veracidad y respeto, y ser voz de quienes no la tienen.
Que no se nos olvide: las águilas no cazan moscas. La altura se demuestra con hechos, con integridad y con un compromiso genuino por el bien común, no con pleitos personales.
Hoy Puebla tiene al mejor gobernador de todos los tiempos, justo y honesto, con muchos principios.
Incluso llegó hasta la punta de la Malintzi como solo las águilas pueden llegar.

