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Desdén, insalubridad y abuso
Por Chester Hernández.
El Hospital de la Mujer en Puebla, lejos de ser un refugio digno para la atención médica de las poblanas, se ha convertido en un símbolo de negligencia institucional, desorganización y maltrato hacia la ciudadanía. Bajo la dirección de la doctora María del Socorro Cabrera Salgado, este centro de salud parece seguir operando con las viejas prácticas del morenovallismo: autoritarias, elitistas y ajenas a las verdaderas necesidades de la población más vulnerable.
Quienes acuden al hospital —en su mayoría mujeres de escasos recursos— se enfrentan diariamente a instalaciones deterioradas, personal insensible y condiciones sanitarias alarmantes. Los baños, en vez de estar disponibles y limpios para pacientes y visitantes, permanecen cerrados, completamente sucios y sin agua. En plena era postpandemia, es inconcebible que no haya gel antibacterial ni los insumos más básicos. Pero ¿qué se puede esperar si ni siquiera hay medicamentos suficientes?
Durante las noches, el hospital se convierte en una cueva oscura, literalmente: las lámparas no funcionan, y el ambiente es de abandono e inseguridad. Como si fuera poco, el control del hospital ha sido delegado a la Policía Auxiliar, que decide arbitrariamente quién entra y quién no, quién recibe atención médica y quién debe esperar, sin criterios claros ni supervisión alguna.
A esta cadena de omisiones se suma el maltrato: en días de lluvia, pacientes y familiares son desalojados del área de espera en lugar de ser resguardados. Se les obliga a permanecer a la intemperie, sin importar si se mojan, se enferman o simplemente pasan frío. Esta actitud inhumana no solo es irresponsable, sino potencialmente criminal.
La pregunta es clara y urgente: ¿dónde están las autoridades de salud del estado? ¿Cómo es posible que, en un gobierno que asegura actuar “por amor a Puebla”, se mantenga en el olvido un hospital esencial para las mujeres?
Señor secretario de Salud: el Hospital de la Mujer clama por atención. No con discursos, sino con acciones concretas. Porque la salud, la dignidad y el respeto no deberían ser un privilegio, sino un derecho.



