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Por Chéster Hernández.
La situación al interior de la Academia de Policía Municipal vuelve a encender focos rojos. Bajo la dirección de Guillermo Almazán, la institución —que debería ser pilar en la formación de elementos confiables— atraviesa por un evidente deterioro que no puede ni debe minimizarse.
Hoy, la percepción generalizada es clara: la caballada está flaca. No solo se trata de un problema de cantidad —que ya de por sí es preocupante ante la urgencia de contar con más cadetes—, sino de calidad. Diversos señalamientos apuntan a que varios instructores arrastran antecedentes graves, una situación inadmisible en cualquier esquema de formación policial. ¿Cómo se pretende formar agentes íntegros cuando quienes los capacitan cargan con cuestionamientos sobre su propio historial?
A esto se suma el desorden administrativo. Aspirantes que cumplen con los requisitos se registran, pero nunca reciben seguimiento ni respuesta. El proceso de reclutamiento parece más cercano a la improvisación que a una estrategia seria y estructurada. El resultado es un cuello de botella que desalienta a posibles candidatos y debilita aún más el ya frágil estado de la academia.
Como si lo anterior no fuera suficiente, hace apenas unos meses se denunció la difusión de una convocatoria falsa. Decenas de aspirantes acudieron con la intención de integrarse a la corporación, invirtiendo tiempo y recursos, solo para descubrir que no serían tomados en cuenta. Este episodio no solo exhibe desorganización, sino una preocupante falta de control institucional que vulnera la confianza ciudadana.
La pregunta es inevitable: ¿realmente se alcanzará la meta de 300 cadetes para fin de año bajo estas condiciones? Todo indica que no, al menos no sin sacrificar estándares o sin recurrir a prácticas cuestionables para inflar cifras.
Ante este panorama, la responsabilidad también recae en el ámbito político. Si la actual administración pretende corregir el rumbo, no bastan discursos ni promesas. Se requiere una intervención profunda, una limpia institucional que revise perfiles, depure mandos y establezca controles estrictos en los procesos de selección y formación.
Persistir en la inercia actual no solo compromete la meta numérica, sino que pone en riesgo la seguridad pública al permitir que elementos mal preparados —o peor aún, mal perfilados— lleguen a las calles. La academia no puede seguir siendo sinónimo de desorden y opacidad. Es momento de que el presidente municipal José Chedraui tome decisiones firmes antes de que el problema sea irreversible.



