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Por Chester Hernández
La violencia irrumpió sin miramientos en uno de los puntos más concurridos de la capital poblana. La madrugada de este 14 de febrero, un ataque armado directo en el bar Sala Despecho, ubicado en la zona de la Isla de Angelópolis, dejó un saldo preliminar de tres personas muertas y cinco más heridas. El hecho vuelve a colocar a Puebla en el centro de una crisis de seguridad que la autoridad no ha logrado contener.
De acuerdo con los primeros reportes, sujetos armados a bordo de motocicletas arribaron al establecimiento y abrieron fuego contra sus objetivos en lo que se perfila como un ajuste de cuentas entre grupos criminales. El estruendo de las detonaciones rompió la calma de la madrugada y sembró el pánico entre clientes y trabajadores del lugar, muchos de los cuales buscaron refugio mientras otros quedaron atrapados en medio de la balacera.
El atentado ocurrió en una de las zonas que durante años fue promocionada como símbolo de desarrollo y exclusividad. Sin embargo, ni la ubicación privilegiada ni la presencia constante de patrullajes evitaron que el comando actuara con precisión y violencia. La escena, acordonada horas después por elementos de seguridad, evidenció la vulnerabilidad de espacios públicos que deberían contar con vigilancia reforzada.
Aunque trascendió que agentes de la Secretaría de Seguridad Ciudadana lograron la detención de algunos presuntos responsables, la cifra es contundente: tres personas asesinadas y cinco más hospitalizadas. Las detenciones, de confirmarse, no borran el impacto ni la sensación de que el crimen organizado opera con creciente audacia.
La administración municipal encabezada por Pepe Chedraui enfrenta cuestionamientos inevitables. ¿Cómo fue posible que un ataque de esta magnitud se perpetrara en una zona estratégica sin que existiera una reacción preventiva efectiva? ¿Qué falló en la inteligencia y en la coordinación operativa?
La Isla de Angelópolis ya no es solo un escaparate de modernidad; hoy es escenario de una violencia que desborda discursos oficiales. Puebla suma víctimas mientras la ciudadanía exige resultados concretos. Porque cuando las balas sustituyen a la tranquilidad, el problema ya no es de percepción: es de realidad.



