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Entre el desorden y el vértigo del tráfico que cada día sacude la autopista México-Puebla, la figura de la Virgen de Guadalupe asoma cada diciembre, como un destello que desafía el caos. Su imagen viaja montada en enormes camiones, se afianza en la espalda de un hombre que pedalea con fiereza o se dibuja en la prenda del corredor que avanza con una antorcha encendida, como si llevara un pedazo de luz en la mano. Apenas inicia el 4 de diciembre y ya regresan a casa algunos peregrinos que han cumplido su visita a la Basílica de Guadalupe, ese santuario de incontables encuentros que cada 12 de diciembre abre sus puertas a la devoción.
Días atrás, entre el rugido de los tráileres, los autobuses y los autos, se distinguen siluetas de creyentes que caminan con la fe por guía, indiferentes al peligro de la carretera, al aliento helado de la noche o a la inmensidad del camino. Avanzan sin reflectores, sin aplausos, con la sola certeza de su convicción.
“No pedimos riquezas, sino estabilidad, paz interior y una espiritualidad que no se quiebre”, dice Antonio, agricultor de 29 años, cuya primera peregrinación emprendió a los 15. Hoy, atraviesa territorio poblano rumbo de vuelta a Tapachula, Chiapas, corriendo con su antorcha junto a otras 21 personas. Confiesa que el mayor riesgo no es el cansancio, sino caminar entre los colosos de carga y los conductores que, cansados o nublados por sustancias, avanzan sin medir la vida que circula entre sus llantas, sobre todo en la oscuridad. Su grupo, admite, no está exento de accidentes; sin embargo, siguen adelante impulsados por una historia que aún los acompaña como un susurro protector.
