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Por Chester Hernández
Cada 30 de abril, las escuelas en México se llenan de risas, juegos y celebraciones por el Día del Niño. Los salones se transforman en escenarios de alegría, con payasos, piñatas y dulces. Sin embargo, en las comunidades rurales, lejos de los reflectores y las festividades, muchos niños viven una realidad distinta.
En una pequeña comunidad del sur de Puebla, conocí a Valentina, una niña de 9 años que, en lugar de estar en la escuela disfrutando de su día, se encontraba en el campo junto a su madre, recolectando leña bajo el inclemente sol. Sus ojos, aunque brillantes, reflejaban una madurez que no correspondía a su edad. Cuando le pregunté si sabía qué día era, me miró con sorpresa y respondió: “No sé, mamá me dijo que viniera a ayudar”. Para Valentina, el Día del Niño era solo una fecha en el calendario, sin significado alguno.
Su historia no es única. En Puebla, más de 200,000 niños se dedican al trabajo infantil, principalmente en actividades agrícolas. Estos niños, en su mayoría indígenas, pasan largas horas en los campos, expuestos a riesgos y sin acceso a educación ni recreación.
El trabajo infantil no solo priva a los niños de su derecho a la educación y al juego, sino que también les roba su infancia, su derecho a soñar y a crecer en un entorno seguro y amoroso. Mientras algunos celebran con payasos y regalos, otros como Valentina enfrentan la dura realidad del campo, donde la supervivencia de la familia depende del esfuerzo de todos, incluso de los más pequeños.
Es imperativo que como sociedad reflexionemos sobre esta realidad y actuemos para garantizar que todos los niños, sin importar su origen o condición, tengan acceso a una infancia plena, libre de trabajo y llena de oportunidades. El Día del Niño debería ser una celebración universal, no una excepción.
