Dirigencia distraída: Morena Puebla navega sin rumbo mientras su presidenta atiende asuntos personales

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Por Chéster Hernández

En Puebla, la dirigencia estatal de Morena atraviesa uno de sus momentos más grises y desconcertantes. Diversas voces al interior del partido han señalado que su presidenta, Olga Lucía Romero Garci-Crespo, parece estar más concentrada en resolver asuntos de índole personal que en encabezar, orientar y fortalecer el proyecto político que la llevó al cargo. La ausencia de liderazgo es evidente y los vacíos que deja comienzan a ser ocupados por otros actores, entre ellos el propio gobernador, quien de manera informal se ha visto obligado a asumir tareas que corresponden estrictamente a la dirigencia partidista.

La situación no es menor. En un contexto político donde la oposición busca cualquier resquicio para reposicionarse, la falta de una conducción firme en Morena Puebla resulta particularmente preocupante. Mientras el partido debería estar trazando estrategias, generando cuadros, respondiendo a sus adversarios y consolidando su presencia territorial, su presidenta parece estar operando en un plano distinto, ajeno a las urgencias de la estructura y desconectado de las necesidades de la militancia.

Incluso en temas básicos, como fijar posturas políticas o marcar la agenda pública, el partido luce desdibujado. Las críticas hacia los rivales —una tarea elemental para cualquier dirigencia— han quedado en silencio. Lejos de articular un discurso sólido frente a las acciones del llamado bloque opositor, Morena ha optado por una pasividad incomprensible que contrasta con la efervescencia política que atraviesa el estado. Esa falta de reacción ha permitido, según militantes inconformes, que los llamados “enanos azules” puedan crecer sin contrapesos ni cuestionamientos.

La pasividad en la dirigencia no solo mina la capacidad competitiva del partido, sino que envía un mensaje preocupante: Morena Puebla parece haber perdido su propio pulso interno. Cuando quien encabeza la organización está ausente, desinteresada o limitada por asuntos personales, la maquinaria política inevitablemente se oxida. Y si el gobernador debe asumir funciones que no le corresponden, la estructura partidista comienza a depender peligrosamente de un solo actor.

La militancia demanda, con razón, que su presidenta “se ponga las pilas”. No es una petición menor; es una exigencia urgente para evitar que el partido termine diluyéndose en su propia desorganización. Puebla es un estado clave para el movimiento, y no puede darse el lujo de contar con una dirigencia apagada, dispersa y desatendida.

Morena Puebla necesita una presidenta presente, activa y combativa. De lo contrario, el vacío que deja podría convertirse en una derrota anunciada.

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