El necro-récord de Pepe Chedraui: Puebla, el mundo maravilloso donde los muertos no votan

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Por: Henry Sánchez Ortiz

Hablar de cadáveres en Puebla capital se ha vuelto una rutina tan cínica como preguntar por el clima.
“Hoy amanecimos a 10 grados y con un ejecutado en la esquina”, parece ser el reporte meteorológico de una ciudad que se desmorona entre eslóganes de colores y cintas amarillas de precaución.
​Todo gobernante aspira a dejar un legado, una huella, una obra magna que lo mantenga vivo en la memoria colectiva. Para Pepe Chedraui, ese sello no será una vialidad o un programa social; su “obra” está siendo un récord histórico de cadáveres y asesinatos. Es el nuevo Guinness de la “Ciudad Imparable”: parece que la rosca de reyes no será el único récord mundial que ostente esta administración; el conteo de cuerpos en este enero negro lleva un ritmo mucho más frenético.
​A veces me pregunto si el alcalde tomó como manual de gobierno la filmografía de Luis Estrada. Pareciera que Pepe quiere llevar a la práctica la macabra tesis de la película “Un Mundo Maravilloso”: esa distopía donde, para combatir la pobreza, la solución es acabar con los pobres. En la Puebla de Chedraui, la realidad supera a la ficción satírica; el control de las calles no está en el Palacio Municipal, sino en las manos de quienes deciden quién amanece vivo y quién amanece amordazado en Valle Paraíso o en cualquier colonia popular.
​Lo más audaz —por no decir descarado— es que en los pasillos políticos ya se susurra la palabra reelección. ¿A base de qué, Pepe? ¿Con qué cara vas a pararte en una precampaña frente a los poblanos? ¿Qué datos vas a presumir? ¿Los de las fiscalías que no dan abasto o los de los servicios funerarios que son los únicos con crecimiento económico?
​Como decía el maestro Eduardo Galeano: “La tragedia de unos es la dicha de otros”. O quizá, Pepe apuesta a que el silencio oculte la sangre. Pero se equivoca. “Sólo los tontos creen que el silencio es un vacío. No está vacío nunca. Y a veces callarse es la mejor manera de comunicarse”.
​Si el Alcalde cree que con ignorar la violencia, esta va a desaparecer, está muy equivocado. El silencio de la autoridad no es paz, es complicidad o, peor aún, incapacidad. Los poblanos no necesitan comunicados vacíos; lo ven, lo viven, lo sienten y, trágicamente, lo lloran. Basta mirar por la ventana de cualquier colonia: un nuevo día, un nuevo cadáver abandonado.
​Ese es el legado de la “Ciudad Imparable”: una carrera donde la muerte siempre llega primero a la meta.

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