![]()
Por Chéster Hernández
La presencia de menores de edad en manifestaciones con carga ideológica ajena a su comprensión vuelve a encender las alarmas sobre prácticas que rayan en la instrumentalización política de la infancia.
Este día, durante una marcha que recorrió del Gallito al Zócalo, integrantes de la agrupación 28 de Octubre exhibieron lonas portadas por niños con mensajes relacionados con conflictos internacionales, particularmente en Medio Oriente y la política exterior de Estados Unidos.
El hecho no es menor. Más allá del legítimo derecho a la libre expresión y a la protesta social, utilizar a menores como vehículos de consignas políticas complejas plantea cuestionamientos éticos profundos. ¿Qué nivel de entendimiento real pueden tener estos niños sobre temas geopolíticos de alta complejidad? ¿Quién decide que sean ellos quienes porten mensajes cargados de ideología?
Diversas organizaciones defensoras de derechos de la infancia han advertido que involucrar a menores en actividades políticas sin su consentimiento informado constituye una forma de explotación. No se trata de negarles participación en la vida social, sino de reconocer que existe una línea clara entre la formación cívica y el adoctrinamiento. Cuando los mensajes que portan responden a narrativas que difícilmente pueden comprender, esa línea parece haberse cruzado.
En este contexto, resulta preocupante que se normalice la exposición de niños a discursos polarizantes y, en algunos casos, radicalizados. La infancia debería ser un espacio de desarrollo, aprendizaje y construcción de pensamiento propio, no un escenario para reproducir consignas que responden a agendas adultas.
Además, este tipo de prácticas podría vulnerar derechos fundamentales, como el acceso a una educación libre de presiones ideológicas y el derecho al libre desarrollo de la personalidad. La imagen de menores sosteniendo pancartas sobre conflictos internacionales no solo evidencia una desconexión entre el mensaje y el portador, sino también una posible estrategia de manipulación simbólica que busca generar impacto mediático.
La crítica no debe centrarse únicamente en una organización en particular, sino en una práctica más amplia que, de repetirse, corre el riesgo de normalizarse. La sociedad y las autoridades correspondientes tienen la responsabilidad de cuestionar y, en su caso, intervenir para garantizar que los derechos de la niñez no sean subordinados a intereses políticos.
Porque si algo debería quedar fuera de toda disputa ideológica, es la infancia.



