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Por Chester Hernández
En pleno corazón de la ciudad, a unos pasos del parque del Carmen, se encuentra el restaurante-bar El Greco, un establecimiento que ha sido señalado en múltiples ocasiones por prácticas abusivas contra los consumidores. A pesar de las reiteradas denuncias, la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco) parece más interesada en proteger los intereses del negocio que en cumplir su labor de vigilancia y defensa del consumidor.
Desde su fachada, El Greco advierte a sus visitantes sobre un consumo mínimo obligatorio de 250 pesos por persona, una condición que no solo es cuestionable, sino que podría considerarse ilegal si se impone sin el consentimiento previo y claro del cliente. A esto se suma la imposición de propinas forzosas, disfrazadas de “normas de la casa”, que eliminan por completo la libertad del consumidor de decidir si el servicio recibido merece o no una gratificación.
La indignación de los clientes no se ha hecho esperar. En redes sociales y plataformas de opinión, abundan los testimonios de quienes han sido víctimas de cobros excesivos, maltrato por parte del personal y amenazas cuando se niegan a pagar las propinas impuestas. Sin embargo, a pesar del evidente patrón de irregularidades, la Profeco permanece en silencio.
La pregunta que muchos se hacen es: ¿por qué la autoridad no actúa? Algunos sospechan que la pasividad de la delegación local se debe a los vínculos informales entre funcionarios y el establecimiento. No son pocos los que aseguran haber visto a personal de la Profeco —incluyendo al propio delegado— disfrutar de “las botanas” y bebidas del lugar con frecuencia.
¿Será que las relaciones personales pesan más que las denuncias ciudadanas? ¿Es este el precio de la impunidad en un país donde las instituciones parecen tener clientes favoritos?
Mientras tanto, los consumidores siguen desprotegidos y la Profeco, cuya razón de ser es velar por sus derechos, opta por mirar hacia otro lado. El mensaje es claro: en El Greco, los derechos del cliente valen menos que la complicidad institucional.
O será que también le entran como le entran con el gallo.



