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Si hay una característica que define a Lee Jae-myung, el nuevo presidente de Corea del Sur, es que es un sobreviviente.
Ha sobrevivido a cargos penales, a un apuñalamiento casi mortal y a la ley marcial promulgada por su enemigo más acérrimo, el expresidente Yoon Suk Yeol. Ahora se enfrenta a la que puede ser su prueba más dura. Debe liderar una nación profundamente dividida a través de enormes desafíos, tanto en el interior como en el extranjero.
Lee, quien ganó las elecciones presidenciales de Corea del Sur después de que su oponente reconociera la derrota a primera hora del miércoles, asume el cargo como uno de los presidentes más poderosos que Corea del Sur ha elegido en las últimas décadas. Gran parte del poder político de Corea del Sur se concentra en la presidencia, y Lee ejercerá también un control considerable sobre la Asamblea Nacional, donde su Partido Demócrata tiene una amplia mayoría de escaños.
Pero es larga la lista de problemas a los que se enfrenta Lee.
La agitación política desencadenada por la efímera declaración de ley marcial de Yoon y su posterior impugnación y destitución ha dejado al descubierto un país profundamente fracturado entre la izquierda y la derecha, entre generaciones y entre géneros. Corea del Sur se enfrenta a la creciente presión de su único aliado militar, Estados Unidos, incluso mientras crece la amenaza nuclear de Corea del Norte. El presidente Donald Trump no solo ha abofeteado la economía surcoreana, impulsada por las exportaciones, con fuertes aranceles, sino que también le ha exigido que pague más para mantener a los soldados estadounidenses en su territorio.
Lee advirtió que el segundo gobierno de Trump introducía “la ley de la selva” en las relaciones internacionales. Pero Lee, de 61 años, quien llegó a convertirse en el carismático líder del mayor partido político de Corea del Sur tras haber trabajado en una fábrica clandestina en su adolescencia, dijo que también estaría a la altura de este desafío, con una “diplomacia pragmática centrada en el interés nacional”.
