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Implacable por Paty Herrera
Durante décadas, la infame izquierda latinoamericana vendió a Cuba como el gran símbolo de la “resistencia” frente al imperio yanqui. Hoy, esa narrativa se derrumba frente a una realidad imposible de ocultar: hambre, apagones de hasta 20 horas diarias, represión política, prostitución infantil y una población desesperada por escapar de esa horrible realidad. El autonombrado “paraíso socialista” terminó convertido en un Estado fallido sostenido por propaganda, miedo y subsidios extranjeros.
Los datos ya no provienen únicamente de opositores cubanos o medios occidentales. La propia ONU, una entidad progresista y de extrema izquierda, advirtió recientemente que el aumento de la prostitución y la explotación sexual en Cuba está ligado directamente a la pobreza y el hambre. Es decir, el régimen que prometió justicia social terminó empujando a miles a la miseria más degradante.
El testimonio de jóvenes cubanas, denunciando que turistas buscan niñas de 12 o 13 años no es solamente una tragedia social: es la evidencia brutal del colapso moral y económico de un sistema incapaz de ofrecer futuro, empleo digno o libertad. Mientras la élite del Partido Comunista vive protegida por privilegios y acceso a dólares, el pueblo cubano sobrevive entre apagones, inflación y desdicha.
La crisis cubana ya ni siquiera puede maquillarse con estadísticas oficiales. De acuerdo con el Observatorio Cubano de Derechos Humanos, cerca del 89% de las familias cubanas vive en pobreza extrema o severa. La inflación ha pulverizado salarios y pensiones, mientras productos básicos como leche, carne, medicinas o incluso pan se han vuelto inaccesibles para millones. El Programa Mundial de Alimentos de la ONU confirmó en 2024 que Cuba pidió ayuda internacional por la escasez de leche para niños, algo impensable para un país que durante años presumió su “autosuficiencia socialista”.
A la par del hambre avanza la represión. El Observatorio Cubano de Libertad de Expresión documentó 128 agresiones contra la libertad de expresión tan solo en febrero de 2026. Amenazas, vigilancia, hostigamiento psicológico, detenciones arbitrarias y castigos contra presos políticos forman parte del aparato cotidiano de control estatal. El régimen ya no reprime únicamente a activistas; ahora persigue a ciudadanos comunes que se atreven a criticar al gobierno o publicar un video incómodo en redes sociales.
Ese es el verdadero rostro de “La Revolución del Che” que todavía defienden muchos gobiernos de izquierda en América Latina.
Por eso resulta relevante el endurecimiento de la postura estadounidense bajo el liderazgo de Donald Trump, quien entendió algo que muchos políticos prefieren ignorar: las dictaduras no cambian mediante concesiones eternas, sino mediante presión política, económica y diplomática. Las sanciones contra estructuras militares como GAESA y el respaldo abierto a la oposición cubana enviaron un mensaje claro: Estados Unidos no tolerará a un régimen que reprime a su pueblo.
Marco Rubio fue todavía más directo al definir a Cuba como “un Estado fallido”. Y cuesta encontrar argumentos serios para contradecirlo cuando el país depende de remesas, donaciones internacionales y apoyo extranjero para sobrevivir.
En contraste, la postura de La presidenta con A resulta cada vez más vergonzosa. Mientras millones de cubanos padecen hambre y represión, Claudia Sheinbaum mantiene la vieja tradición bolchevique de respaldar al régimen castrista. México ha enviado petróleo y apoyo político a La Habana en momentos donde la dictadura necesita oxígeno financiero para sostener su aparato represivo.
El apoyo energético de México nunca ayudó al pueblo cubano; prolongó la vida de un sistema inhumano y cruel. El petróleo enviado desde Pemex jamás resolvió el hambre de los cubanos, contribuyó a mantener la maquinaria estatal y militar del régimen.
Resulta paradójico que la 4T hable constantemente de “derechos humanos” mientras guarda silencio frente a presos políticos, censura, persecución y explotación en Cuba. La izquierda mexicana suele condenar cualquier exceso de gobiernos de derecha, pero alcahuetea las violaciones a los derechos humanos que provienen de dictaduras ideológicamente afines.
La realidad cubana demuestra, una vez más, que el socialismo nunca ha funcionado ni funcionará, al contrario, genera pobreza, dependencia y represión. Y mientras el régimen continúa cayéndose a pedazos, cada vez más voces dentro y fuera de la isla entienden que el problema no es el embargo, ni Trump, ni el imperialismo. El problema es un modelo político agotado que destruyó la economía, silenció libertades y condenó a generaciones enteras a sobrevivir en la miseria.
