Teotihuacán, Columbine y la tentación de meter pólvora a México desde fuera

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Directo y Sin Escalas, por Gerardo Herrera.

Hay hechos que sacuden por la tragedia, y otros que además huelen a guion importado. Lo ocurrido el 20 de abril de 2026 en Teotihuacán —un atacante en la Pirámide de la Luna, una turista canadiense asesinada y 13 personas lesionadas— no sólo golpeó a uno de los sitios arqueológicos más emblemáticos de México; golpeó la imagen internacional del país justo cuando México afina escaparate rumbo al Mundial de 2026. Teotihuacán, además, no es cualquier postal: es Patrimonio Mundial de la Unesco y uno de los grandes símbolos civilizatorios del país.

La versión oficial ya puso orden en la escena: el agresor actuó solo, planeó el ataque, no hay indicios de vínculo con crimen organizado ni de colaboradores, y la Guardia Nacional respondió de inmediato. Esa es la línea de contención del Estado, y políticamente se entiende: si dejas que Teotihuacán se convierta en metáfora de un país fuera de control, no sólo lastimas al gobierno; lastimas turismo, inversión y reputación internacional.

Pero una cosa es aceptar los datos duros y otra tragarse sin masticar la interpretación completa. Porque este episodio no suena a la violencia “nativa” que México ha padecido durante décadas. No tiene el sello clásico del ajuste de cuentas criminal ni del control territorial. Suena, más bien, a una violencia de espectáculo, de alto impacto simbólico, diseñada para sembrar miedo en un punto neurálgico del imaginario nacional e internacional. Y eso se parece mucho más a los tiroteos masivos que han marcado a Estados Unidos que a los repertorios tradicionales de violencia mexicana.

La coincidencia de fecha no ayuda a pensar lo contrario. El Gabinete de Seguridad informó que la investigación apunta a una lógica de imitación o copycat de Columbine: el ataque ocurrió el 20 de abril, exactamente 27 años después de la masacre de 1999 en Colorado, y las autoridades dijeron haber hallado literatura y referencias alusivas a ese tipo de agresiones. Reportes periodísticos adicionales han descrito un entorno digital asociado al extremismo, la fascinación con Columbine y la ultraderecha fascista.

Aquí es donde empieza la parte incómoda. No hace falta demostrar una conspiración cerrada para advertir una posible operación psicológica o, al menos, una dinámica de desestabilización favorecida desde fuera. Lo diré sin rodeos: Estados Unidos tiene un historial sobradamente documentado de intervención abierta, encubierta o políticamente orientada en América Latina. Los documentos oficiales de su propio Departamento de Estado y los archivos históricos sobre Guatemala en 1954 o Chile en 1973 no dejan precisamente a Washington como una inocente paloma democrática. Y la memoria mexicana tampoco es virgen en esa materia: la Decena Trágica de febrero de 1913 culminó con el asesinato de Francisco I. Madero y José María Pino Suárez, un episodio que sigue leyéndose dentro de una larga tradición de presiones, intereses y juegos de poder externos sobre México.

Por eso el punto no es gritar “fue la CIA” como quien avienta una piedra y corre. El punto fino es otro: México vive un momento de fricción geopolítica con Estados Unidos, con presiones sobre seguridad, narcotráfico, armas, comercio y aranceles, mientras Donald Trump y Marco Rubio han endurecido públicamente el discurso hacia México y Reuters ha documentado nuevas tensiones comerciales y exigencias de seguridad bilateral. En ese contexto, cualquier episodio con víctimas extranjeras en un sitio icónico mexicano activa reflejos diplomáticos, mediáticos y hasta intervencionistas. No es fantasía: así operan las crisis internacionales cuando el blanco no es sólo una persona, sino la imagen de un país.

La presencia de una víctima canadiense y de heridos de Estados Unidos, Colombia, Rusia y Brasil vuelve el caso todavía más delicado. Cada bala que toca a un extranjero en suelo mexicano deja de ser sólo un expediente penal; se convierte en un problema de política exterior. Ya pasó en otros siglos con pretextos menores y resultados desproporcionados; la Guerra de los Pasteles sigue siendo la vieja lección de cómo una afectación a intereses o ciudadanos extranjeros puede ser convertida en argumento de presión o intervención. En 2026, esa lógica no se presenta con cañonazos franceses, sino con presión mediática, diplomática, económica y narrativa.

Por eso Teotihuacán no debe leerse sólo como un hecho criminal. Debe leerse como un mensaje sobre el tipo de vulnerabilidad que hoy se quiere instalar sobre México: que no puede proteger ni su patrimonio, ni a sus visitantes, ni su vitrina internacional. Y esa lectura pega justo donde más duele a unos meses del Mundial, que México coorganiza con Estados Unidos y Canadá. El timing, por sí solo, ya es una coincidencia demasiado grave para despacharla con un bostezo burocrático.

Ahora bien, meter en el mismo costal el caso de Carlos Manzo en Michoacán exige precisión, no brocha gorda. El asesinato de Manzo, ocurrido en Uruapan el 1 de noviembre de 2025, ha sido investigado por la fiscalía michoacana como un crimen ligado al CJNG, con decenas de detenidos y presuntos autores intelectuales ya identificados por las autoridades. Es decir, no es el mismo fenómeno que Teotihuacán. Pero sí sirve para mostrar otra pieza del rompecabezas: cuando la federación luce insuficiente o tardía, cuando los vacíos de autoridad se vuelven tema nacional, la percepción de fragilidad se expande y se vuelve terreno fértil para campañas opositoras, financiamientos oscuros y amplificaciones mediáticas interesadas.

Ahí entran los medios opositores, las agendas externas y la tentación de convertir cada crisis en misil político. No hace falta probar una sala de guerra en Langley para aceptar algo más realista y quizá más siniestro: hay ecosistemas enteros listos para aprovechar cualquier episodio violento que permita vender la idea de un México ingobernable. Si además el patrón narrativo remite a Columbine, a la cultura del true crime, a la glorificación digital de la violencia masiva y a símbolos de ultraderecha, entonces ya no hablamos sólo de seguridad pública. Hablamos de contaminación cultural, guerra de percepción y vulnerabilidad estratégica.

Mi hipótesis, entonces, no es una conspiración de caricatura. Es algo más sobrio y más peligroso: México puede estar siendo tocado por formas de desestabilización importadas, amplificadas por subculturas digitales violentas, por intereses externos y por un clima geopolítico que vuelve rentable cualquier grieta nacional. El atentado de Teotihuacán quizá haya sido ejecutado por un hombre solo; pero sus efectos políticos, mediáticos e internacionales jamás actúan solos. Y si el gobierno se limita a decir “hecho aislado” sin entender que el verdadero campo de batalla está también en la percepción, entonces no habrá cerrado una crisis: apenas habrá barrido los casquillos debajo del tapete.

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