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Por Chester Hernández
Amozoc, Puebla, parece haber caído en un abismo del que pocos quieren hablar y menos aún actuar. Bajo el mando del presidente municipal Severiano de la Rosa Romero, el municipio atraviesa una grave crisis de seguridad que va más allá de los discursos y de los boletines maquillados: hay más de 25 personas desaparecidas entre el 11 y el 19 de agosto. La Fiscalía General del Estado ha levantado ficha tras ficha, pero en el ayuntamiento se impone el silencio… o la negación.

Severiano de la Rosa, quien heredó la presidencia municipal de su hermano y del ala política de La Luz del Mundo, ha mostrado una alarmante falta de liderazgo y de respuesta ante una situación que ya rebasó los límites de lo tolerable. Mientras los ciudadanos viven con miedo a ser asaltados, secuestrados o simplemente desaparecer sin dejar rastro, el alcalde insiste en una narrativa insostenible: “Amozoc es uno de los municipios más seguros de Puebla”. Las cifras, los hechos y los testimonios dicen lo contrario.

La violencia en Amozoc no es nueva, pero en las últimas semanas ha alcanzado niveles críticos. El municipio, enclavado en la zona conocida como el Triángulo Rojo, se ha convertido en territorio del crimen: robos, ejecuciones, desapariciones y asaltos son parte del día a día. La pregunta que flota en el aire, cada vez con más desesperación, es: ¿dónde están los desaparecidos? ¿Quién se los llevó? ¿Por qué el gobierno municipal no actúa?

No hay estrategia de seguridad, no hay comunicación real con la ciudadanía, y sobre todo, no hay voluntad política. Las familias buscan respuestas que no llegan, mientras el presidente municipal se refugia en declaraciones absurdas que insultan la inteligencia de los habitantes.


Lo de Amozoc ya no es sólo un problema local: es una vergüenza . ¿Cuántos más deben desaparecer antes de que se asuma responsabilidad? ¿Cuánto tiempo más se va a permitir esta indiferencia cómplice? Urge una intervención seria, profesional y transparente. Porque hoy, Amozoc no es el municipio más seguro de Puebla. Es un caso para la Dimensión Desconocida… o peor aún, para la impunidad conocida.

