23 Edición Futbol con  Marx y Engels 

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Así lo dice La Mont

¿Dónde están?: Si Karl Marx y Vladimir Ilich Lenin despertaran para presenciar la inauguración de una Copa del Mundo contemporánea, hallarían la constatación más lúcida, y a la vez más tétrica, de sus propias teorías. No verían una fiesta de la fraternidad universal a través del deporte, sino la consumación perfecta del imperialismo como la fase superior del capitalismo. En las tribunas VIP de los estadios, los palcos no albergan la soberanía popular, sino al capital transnacional unificado en monopolios financieros que dictan leyes, eximen impuestos y exigen la suspensión de soberanías locales para el libre tránsito de sus mercancías. La farsa inaugural, cubierta con un manto de tecnología y coreografías vacías, funciona como la maquinaria de enajenación perfecta donde el trabajador consume el opio de un balón mientras los oligarcas globales se reparten el plusvalor de las transmisiones y los patrocinios. El fútbol actual ya no pertenece a las masas que lo crearon; es la puesta en escena de una corporación de depredación intensiva que explota identidades nacionales para acumular riqueza abstracta en paraísos fiscales.

Sedientos: El corazón que bombea la sangre de este sistema no es otro que la Federación Internacional de Fútbol Asociación, una entidad supraestatal atrapada estructuralmente en el fango de su propia avaricia. Los escándalos no son anomalías del sistema, sino el sistema mismo en operación. El denominado FIFAgate  expuso las entrañas de una mafia global, pero el relevo cupular no trajo la purga, sino el perfeccionamiento del disimulo, encanto y estafa. Los cargos y señalamientos por corrupción arrastran una estela histórica que alcanza de lleno a su actual presidente, Gianni Infantino, atrapado en procesos judiciales y denuncias que escalan con vehemencia. La reactivación de acusaciones penales y las quejas formales interpuestas en tribunales europeos por conspiración, persecución  e influencias indebidas demuestran que las estructuras de poder interno operaron para descabezar rivales políticos en el pasado y pavimentar el camino del actual jerarca. La FIFA se comporta como un tribunal inquisitorial inmune al escrutinio público, donde las investigaciones éticas internas suelen ser el garrote para silenciar disidentes y los tribunales suizos actúan frecuentemente como el escenario de batallas legales interminables donde la justicia se diluye entre tecnicismos de cuello blanco Jozef  Blatter y Michelle Platinni.

Su causa: Para entender cómo se sostiene la FIFA  y mantiene su hegemonía global, es indispensable analizar el método discrecional y opaco con el que se asignan las sedes mundialistas. La organización funciona mediante un andamiaje de diplomacia corporativa donde el voto de las federaciones locales se convierte en una divisa de cambio regulada por el mejor postor. Las asignaciones de torneos a regímenes con historiales controvertidos  en derechos humanos, como Qatar, no obedecieron al desarrollo deportivo regional, sino a transacciones geopolíticas y flujos de capitales oscuros. El dinero de los derechos televisivos, los contratos exclusivos de patrocinadores globales y las exenciones fiscales multimillonarias exigidas por contrato a los países organizadores forman un blindaje financiero colosal. Este flujo incesante de recursos le permite a la FIFA comprar voluntades repartiendo fondos de desarrollo entre federaciones pequeñas, garantizando la lealtad de un bloque de votos que perpetúa a la dirigencia. Las sedes se otorgan tras bambalinas, en salones privados donde el peso de la infraestructura y el bienestar social de los pueblos sometidos a la construcción de estadios obsoletos importan menos que las promesas de retornos financieros y el lavado de imagen pública de autocracias multimillonarias.

Usura: Este entramado de opacidad, centralismo y toma de decisiones cupulares no es exclusivo de los organismos internacionales en Zúrich; tiene un reflejo idéntico y nítido en el plano local. Bajo condiciones  de asombrosa similitud en cuanto a la falta de transparencia frente al aficionado, la Federación Mexicana de Fútbol y la gestión de la Liga MX  replican este modelo de designaciones de escritorio. El ascenso al poder futbolístico de Mikel Arriola Peñalosa es el ejemplo perfecto de cómo la lógica de la alta burocracia política y el corporativismo financiero devoran al mérito estrictamente deportivo. El ex secretario particular y aliado cercano de José Antonio Meade en la Secretaría de Hacienda, y posterior candidato del Partido Revolucionario Institucional a la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México en las elecciones de 2018, desembarcó en la cúpula del balompié nacional sin credenciales previas dentro del  balompié . Su arribó se cocinó en los despachos de los dueños de los clubes, una oligarquía   empresarial que buscaba un perfil técnico habituado a la ingeniería fiscal, las regulaciones gubernamentales y la protección de intereses económicos, en lugar de un proyecto integral para el desarrollo de las fuerzas básicas o la competitividad internacional del futbolista mexicano.

Dedazo: La imposición de Arriola en la dirección ejecutiva y posteriormente en los altos mandos del fútbol organizado en el país se ejecutó a través del método de la discrecionalidad absoluta, sin consultar a las bases ni abrir debates públicos sobre el rumbo de un deporte que en México es un asunto de identidad nacional. Al igual que los procesos de la FIFA, la lógica imperante en la toma de decisiones mexicana prioriza la rentabilidad financiera por encima de los valores deportivos. Se privilegiaron las estrategias de recaudación, las alianzas comerciales con el mercado estadounidense, la instrumentación  de controles digitales de vigilancia masiva como el Fan ID y la multiplicación de torneos diseñados exclusivamente para el beneficio de las taquillas de los propietarios. La trayectoria de un tecnócrata educado en la administración pública neoliberal sirvió perfectamente para blindar las finanzas de los clubes y asegurar el negocio corporativo frente a las exigencias fiscales del Estado, consolidando un esquema donde el aficionado común es degradado al rol de simple cliente en un mercado cautivo, mientras las decisiones de pantalón largo continúan tomándose en la más absoluta y hermética oscuridad de los palcos privados.

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