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La encuestitis y los “encuestuits” se han convertido en el último recurso de quienes no levantan en la calle ni en el gobierno.
Por Chéster Hernández
Cuando un personaje de la política comienza a difundir encuestas a modo, la señal es inequívoca: ya cayó en la desesperación. No es estrategia, es pánico. En Puebla, este fenómeno se repite con preocupante frecuencia y tiene nombre y apellido: la contratación de encuestadoras patito para simular respaldo ciudadano donde no lo hay.
El caso de Pepe Chedraui es ilustrativo. Ante la evidente falta de resultados y la incapacidad para conectar con la ciudadanía como presidente municipal de Puebla, ha optado por la “encuestitis” y los “encuestuits”: estudios milagro que aparecen de la noche a la mañana colocándolo en preferencias irreales, difundidos con bombo y platillo en medios pagados y redes sociales dóciles. La intención es clara: fabricar una percepción de éxito que no existe en la vida cotidiana de la ciudad.
Esta práctica, lejos de ser excepcional, amenaza con volverse parte de la rutina política rumbo a las próximas elecciones. A la par de las encuestas cuchareadas, surgen espectaculares igual de fantasiosos. Incluso hay quien, desde el magisterio, manda a colocar anuncios citando supuestos “medios” que sólo existen en su imaginación. Todo vale cuando la realidad no alcanza.
Por “encuestitis” no sólo se entiende la proliferación de estudios a modo, sino el mercado que los sostiene: encuestas vendidas hasta en 30 mil pesos, sin rigor metodológico, sin muestra clara, sin transparencia, pero con resultados garantizados a favor del cliente. Políticos que saben perfectamente que esos números son simulados los incorporan a su discurso político y mediático con una apuesta cínica: que el electorado “se coma el cuento”.
Conviene recordarlo con claridad: una encuesta seria debe cumplir requisitos mínimos. Debe incluir el número de registro otorgado por el Instituto Nacional Electoral, detallar el costo del estudio y especificar a quién se le facturó. Sin esos datos, cualquier publicación carece de valor técnico y ético. Son encuestas chafas, con menos credibilidad que las que podrían aparecer en Lágrimas y Risas o en El Libro Vaquero.
La manipulación de percepciones no sustituye al trabajo, ni la propaganda reemplaza a los resultados. La única encuesta que realmente cuenta es la del día de la elección, cuando los ciudadanos acuden con su credencial y su pluma a decidir el rumbo del poder público. Todo lo demás es vacilada, humo mediático y autoengaño. Y, tarde o temprano, la realidad siempre pasa factura.



