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Así lo dice La Mont
Camarada Xi: La visita de Vladimir Putin a Beijing marca su vigésimo séptimo viaje a China, un número que por sí solo ilustra la nueva diplomacia contemporánea entre el Kremlin y Zhongnanhai. Este encuentro con Xi Jinping no es un mero protocolo de cortesía internacional, sino la escenificación de una alianza estratégica que pretende reconfigurar el orden geopolítico global. Al observar la sintonía exhibida por ambos mandatarios, resulta inevitable contrastar este presente de aparente idilio con los fantasmas del pasado soviético-chino. La historia de las relaciones entre Moscú y Beijing está lejos de significar un camino lineal de fraternidad comunista; por el contrario fue plagada de desconfianzas mutuas, rupturas ideológicas y tensiones que borderaron la catástrofe militar. Para comprender la actual convergencia, es necesario remontarse a la segunda mitad del siglo XX, cuando el bloque socialista se fragmentó de manera dramática. Tras la muerte de José Stalin, el ascenso de Nikita Jrushchov al poder en Moscú y su subsecuente proceso de desestalinización desataron la furia de Mao Zedong. El líder chino acusó a la dirigencia soviética de revisionismo y de debilidad frente al imperialismo occidental. Esta grieta ideológica se profundizó durante la era de Leonid Brézhnev, transformando la rivalidad teórica en una hostilidad vecinal peligrosa. La inmensa frontera de más de cuatro mil kilómetros que comparten ambas naciones se convirtió en un polvorín y las fricciones alcanzaron su punto más álgido en 1969 con el conflicto fronterizo del río Ussuri, donde los ejércitos de las dos potencias chocaron militarmente, dejando decenas de muertos y encendiendo las alarmas globales ante la posibilidad real de una guerra nuclear entre regímenes comunistas. La ruptura fue tan profunda que Beijing optó por un histórico acercamiento geopolítico con Washington en la década de los setenta, aislando estratégicamente a la Unión Soviética.
Otra realidad: Hoy, la tónica es radicalmente opuesta, impulsada por una necesidad mutua de supervivencia y proyección de poder frente a lo que ambos perciben como la hegemonía declinante pero agresiva de Occidente. Las repercusiones de esta nueva luna de miel entre el Moscú de Putin y Beijing de Xi Jinping se extienden como ondas expansivas en el ajedrez global. En el ámbito económico, la alianza rescató a Rusia del aislamiento financiero impuesto por las sanciones de Estados Unidos y la Unión Europea a raíz de la guerra en Ucrania. China se convirtió en el principal comprador de petróleo y gas ruso, proveyendo a cambio la tecnología, los microchips y los bienes de consumo que el mercado interno ruso ya no puede importar de Europa. Este intercambio consolidó una profunda asimetría en la relación: Rusia, que alguna vez fue el hermano mayor del eje socialista, asume ahora el rol de proveedor de materias primas baratas, mientras que China se consolida como el gigante industrial y financiero que dicta los términos del intercambio.
Fortaleza: En el plano militar y estratégico, la complementariedad es cada vez más estrecha y sofisticada. Aunque Moscú y Beijing no suscribieron un tratado de defensa mutua formal sus fuerzas armadas realizan maniobras conjuntas periódicas en el Mar de Japón, el Mar de China Meridional y el Pacífico. Para Putin, el respaldo político de Xi Jinping es el oxígeno que le permite sostener el esfuerzo de guerra prolongado en Europa Oriental, demostrando al mundo que no está solo. Para Xi, la alianza renovada con Rusia asegura una retaguardia estratégica pacífica en el norte, permitiéndole concentrar sus recursos militares y diplomáticos en el flanco sur y oriental, específicamente en la restitución de Taiwán a la soberanía de China y el control de las rutas marítimas del Indo-Pacífico. La inteligencia compartida y la transferencia de tecnología militar sensible fortalecen a ambos regímenes frente a la red de alianzas occidentales como el OTAN o el ANZUS Finalmente, el impacto de este eje euroasiático redefine el multilateralismo y las instituciones globales. A través de plataformas como el grupo de los BRICS y la Organización de Cooperación de Shanghai, China y Rusia lideran un esfuerzo coordinado para desdolarizar el comercio internacional y construir un sistema financiero alternativo que rehuya al control del sistema Swift. Esta arquitectura institucional busca atraer a las naciones del Sur Global, muchas de las cuales observan con pragmatismo el conflicto europeo y prefieren mantener vínculos económicos con Beijing antes que alinearse con las directrices de Washington. La renovada sociedad entre el Kremlin y el Palacio del Pueblo no se fundamenta en una afinidad ideológica marxista-leninista como en el siglo pasado, sino en un pragmatismo descarnado y en la determinación compartida de enterrar el mundo unipolar. El tiempo determinará si los agravios históricos de la frontera euroasiática permanecen sepultados o si esta alianza pragmática terminará cediendo ante el peso de sus propias contradicciones internas.
