![]()
Por Chéster Hernández
Una familia terminó ingresada de emergencia en el Hospital General del Sur —conocido como Agua Santa— luego de presentar un severo cuadro gastrointestinal que, según el diagnóstico preliminar, es compatible con fiebre tifoidea. Los afectados señalan que la intoxicación ocurrió tras consumir los populares “fideos del chinito”, vendidos en un puesto ambulante ubicado en calle Lázaro Cárdenas esquina 15 A Sur, en la colonia Carmelitas. Se trata de un negocio improvisado que opera a plena luz del día y sin condiciones sanitarias visibles, situación que vecinos llevan meses denunciando sin obtener respuesta.
Este episodio vuelve a exhibir un problema que Puebla arrastra desde hace años: la proliferación descontrolada de expendios de comida en la vía pública sin las mínimas garantías de higiene. La responsabilidad no solo recae en quienes preparan y comercializan estos alimentos sin protocolos básicos, sino también en las autoridades municipales y sanitarias que han permitido que este tipo de establecimientos se normalicen sin regulación, supervisión ni medidas preventivas.
De acuerdo con familiares, las personas afectadas comenzaron a experimentar fuertes dolores abdominales, fiebre elevada, diarrea y vómito pocas horas después de ingerir los fideos. La gravedad de los síntomas obligó a trasladarlos de inmediato al hospital, donde permanecen bajo observación. Si bien se esperan resultados clínicos definitivos, los médicos han señalado que el cuadro corresponde a una infección asociada a alimentos contaminados o manipulados en condiciones inadecuadas.
Lo ocurrido en Carmelitas no es un caso aislado. Basta caminar por las calles de Puebla para constatar la multiplicación de puestos improvisados sin agua corriente, sin refrigeración, sin guantes, sin cubrebocas y sin las medidas mínimas de salubridad. Lo más alarmante es que, pese a la evidente falta de control, las autoridades mantienen una actitud pasiva que ya empieza a traducirse en riesgos reales para la salud pública.
La comida callejera forma parte de la vida urbana y del sustento de miles de familias. El problema no es su existencia, sino la ausencia absoluta de regulación y vigilancia, una permisividad que puede desencadenar situaciones tan graves como la que hoy mantiene a una familia entera hospitalizada. En el caso de la tifoidea, la propagación puede ser rápida y peligrosa si no se actúa a tiempo.
Es urgente que tanto la Secretaría de Salud como el Ayuntamiento de Puebla intervengan con seriedad. No se requieren operativos mediáticos, sino un plan integral de inspección y capacitación que garantice condiciones mínimas de higiene en la preparación de alimentos. De lo contrario, este episodio podría ser apenas el preludio de un brote mayor.
La experiencia dolorosa de esta familia debe servir como advertencia. Puebla no puede seguir ignorando la crisis sanitaria que se está gestando en sus calles. Mientras la autoridad continúe evadiendo su responsabilidad, el riesgo de nuevos contagios seguirá creciendo, tic tac, tic tac, como un reloj epidemiológico que nadie parece querer atender.