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Por Chéster Hernández
La mañana de este domingo 26 de abril se registró una manifestación frente a las instalaciones del antiguo Congreso del Estado, donde un grupo reducido de aproximadamente 70 personas se congregó para expresar su rechazo al proyecto del Cablebús.
La protesta, lejos de reflejar un movimiento amplio o representativo, evidenció una participación limitada que contrasta con el impacto positivo que esta obra promete para miles de poblanos.
El Cablebús, planteado como una alternativa de movilidad moderna, eficiente y sustentable, busca atender una necesidad real en zonas históricamente marginadas en materia de transporte público. Sin embargo, la oposición mostrada en esta ocasión parece responder más a intereses particulares que a una preocupación genuina por el bienestar colectivo.
Resulta llamativo que, pese a la magnitud del proyecto, la convocatoria haya sido tan escasa. Lo que algunos intentan presentar como un movimiento ciudadano sólido, en los hechos se percibe como una expresión minoritaria, casi marginal. En ese sentido, no es descabellado cuestionar si se trata realmente de inconformidad social o de una estrategia impulsada por grupos que buscan frenar el desarrollo por motivos ajenos al interés público.
Durante la manifestación también se observó la participación de agrupaciones cuya representatividad es, cuando menos, dudosa. Organizaciones que no parecen tener un respaldo social amplio, pero que insisten en posicionarse como voces legítimas. A ello se suma la presencia de ciertos actores mediáticos que, más que informar, parecen alinearse con agendas específicas, priorizando intereses propios sobre el ejercicio periodístico responsable.
Ante este panorama, surge una interrogante inevitable: ¿quién está detrás de estas movilizaciones? La logística, aunque modesta, implica recursos. En un contexto donde las protestas son cada vez menos concurridas, vale la pena cuestionar si existen intereses políticos operando en segundo plano. ¿Podrían estar involucrados algunos diputados locales o federales? ¿Se trata de un intento por desestabilizar o desacreditar un proyecto de alto impacto social?
La falta de transparencia en el origen de estos movimientos alimenta la sospecha. En lugar de un debate abierto, informado y constructivo, lo que se observa es una oposición fragmentada, con discursos poco claros y una capacidad de convocatoria en evidente declive.
En contraste, la ciudadanía en general parece mantener una postura más pragmática, consciente de la necesidad de mejorar la infraestructura urbana y la movilidad en la entidad. El reto para las autoridades no solo será concretar el proyecto, sino también comunicar de manera efectiva sus beneficios, disipar dudas legítimas y evitar que la desinformación gane terreno.
Lo ocurrido este domingo deja más preguntas que respuestas, pero también pone en evidencia que no toda protesta es sinónimo de representatividad. A veces, el ruido proviene de unos cuantos, mientras la mayoría observa, evalúa y espera resultados.



