Umbral de una guerrilla 2026-2027

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Así lo dice La Mont

Movimiento armado: La tentación de equiparar la evolución de la violencia criminal en México con los movimientos insurgentes del pasado es un error de diagnóstico recurrente. Al aproximarse fechas de alta visibilidad internacional, como la inauguración el 11 de junio de la  Copa del Mundo, se suele especular con la posibilidad  que grandes corporativos del narcotráfico como el Cártel de Sinaloa o el Cártel Jalisco Nueva Generación decidan articular un levantamiento armado de carácter político-militar similar al protagonizado por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional en 1994. Sin embargo, esta hipótesis carece de sustento ideológico e institucional pues un cártel de la droga busca el control de mercados, rutas y economías locales a través de la cooptación y el sometimiento del Estado, no su sustitución o reforma mediante un programa político de emancipación social. Mientras que el zapatismo buscaba visibilizar una agenda de derechos indígenas y soberanía nacional, las organizaciones criminales operan bajo la lógica del capitalismo clandestino. Un alzamiento formal contra el Estado mexicano antes de un evento deportivo internacional no solo unificaría la respuesta militar del gobierno federal y aliados, sino que destruiría la infraestructura de negocios de los propios cárteles. A las mafias les favorece la discreción operativa y la impunidad, no la declaración de guerra abierta que representaría una insurgencia formal.

Narco ofensiva: Este fenómeno de militarización criminal, no obstante, asume expresiones tácticas alarmantes que a menudo confunden a la opinión pública. El reciente desmantelamiento de un campamento clandestino en la región de Huimanguillo, Tabasco, por parte de las fuerzas armadas, ilustra esta sofisticación técnica dado que en el lugar se encontraron no solo pertrechos de uso exclusivo del ejército, sino también tecnología de punta que incluye drones con características de carga y ataque similares a los que se emplean de manera masiva en el conflicto entre Ucrania y Rusia. Aunque la presencia de estos dispositivos y la estructura de adiestramiento de tipo cuartelario sugieren una capacidad bélica formidable, su propósito dista mucho de la construcción de un frente de liberación nacional. Estos espacios funcionan como centros de entrenamiento para sicarios y operadores tácticos encargados de disputar el control territorial frente a facciones rivales, asegurar el paso de cargamentos ilícitos o someter a las comunidades mediante el terror tecnológico. Los drones modificados con explosivos artesanales no son herramientas para una revolución, sino instrumentos de guerra asimétrica orientados a paralizar a las fuerzas de seguridad locales y dominar mercados regionales de extorsión.

Objetivo: la verdadera guerrilla con motivación ideológica en el México contemporáneo se encuentra  fragmentada en comparación con el ocaso del siglo pasado. Las organizaciones históricas como el Ejército Popular Revolucionario, surgido con fuerza a mediados de los noventa, o los remanentes de la Liga Comunista 23 de Septiembre y el Partido Revolucionario Obrero Clandestino Unión del Pueblo, sufrieron un prolongado proceso de desgaste y  atomización. A la fecha , los remanentes de estas estructuras armadas  sobreviven de manera casi marginal y testimonial en zonas específicas del territorio nacional. Sus principales bastiones de resistencia ideológica y operativa se localizan en las regiones montañosas y de alta marginación social de los estados de Guerrero, Oaxaca, Chiapas y algunas porciones de la Huasteca en Veracruz e Hidalgo. Estos grupos ya no cuentan con la capacidad de convocatoria de masas para desestabilizar al Estado, limitando sus actividades a la publicación de comunicados políticos, la conmemoración de fechas históricas y ocasionales l de autodefensa comunitaria o presencia armada esporádica en caminos rurales.

¿Dónde están?: La geografía de los grupos armados en México se divide actualmente en dos grandes vertientes con naturaleza completamente opuestas. En el primer bloque se encuentran los grupos de corte político e insurgente, clasificados bajo la denominación de guerrillas de izquierda, que incluyen al mencionado Ejército Popular Revolucionario, al Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente en la sierra de Guerrero, y a diversas escisiones menores que operan bajo banderas socialistas en Oaxaca y Chiapas. Estas agrupaciones justifican su existencia en la marginación económica, la defensa de la tierra y la resistencia contra los abusos estatales. En el extremo opuesto, y con una presencia territorial infinitamente superior, se ubican los grupos de autodefensa y las policías comunitarias, cuyo origen original era la protección de sus localidades frente al crimen organizado en Michoacán, Guerrero y Morelos, pero que con los años sufrieron procesos de  infiltración y se  desvirtuaron. La gran paradoja del panorama de seguridad nacional radica en que el verdadero desafío armado no proviene de los herederos de las utopías revolucionarias de izquierda, sino de las corporaciones criminales que, armadas con tecnología de guerra moderna y tácticas de combate asimétrico, disputan el control de la vida cotidiana del país sin pretender cambiar las leyes, sino simplemente gobernando al amparo de su propia ley.

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