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Por Chéster Hernández

La intolerancia volvió a hacerse presente en Puebla. Durante un acto público relacionado con el proyecto del Cablebús, el subsecretario de Gobernación estatal, Rodolfo Huerta, fue agredido cuando una mujer le arrojó agua de manera cobarde y sorpresiva. La agresora, que ocultaba su rostro con un paliacate y se hacía pasar por estudiante, actuó acompañada de otro sujeto con actitud errática, presuntamente bajo el influjo de alguna sustancia.
El hecho no solo representa una falta de respeto a un servidor público, sino que evidencia la degradación de ciertos grupos que, bajo el disfraz de protesta social, recurren a la provocación y al vandalismo como método de expresión. En lugar de un debate de ideas o una crítica legítima, se opta por la agresión directa, un recurso que nada aporta a la vida democrática ni al desarrollo del estado.
Resulta preocupante que individuos que dicen representar causas sociales recurran a este tipo de acciones. La pregunta inevitable es quién está detrás de estos actos. No sería la primera vez que grupos políticos utilizan a pseudoestudiantes o agitadores para generar confrontación en eventos públicos. En ese contexto, surgen dudas sobre si actores vinculados al viejo panismo buscan sabotear proyectos del actual gobierno mediante la confrontación callejera.
Más allá de la provocación, el fondo del asunto es el proyecto que motivó el evento: el Cablebús, una obra que pretende mejorar la movilidad de miles de poblanos que diariamente padecen un sistema de transporte público deficiente, saturado y costoso. Mientras ciudadanos esperan soluciones reales a sus problemas de traslado, algunos grupos prefieren apostar por el escándalo y la violencia mediática.
La incongruencia también salta a la vista. Quienes hoy se presentan como defensores de causas sociales guardaron silencio en su momento ante decisiones que afectaron seriamente al entorno urbano. Durante el gobierno de Rafael Moreno Valle, por ejemplo, se realizaron talas de árboles en diversas zonas de la ciudad, incluyendo áreas cercanas al Centro Integral de Servicios y el bulevar Hermanos Serdán. En aquel entonces, muchas de las voces que hoy protestan con estridencia brillaron por su ausencia.
La crítica es válida y necesaria en cualquier democracia. Lo que no es aceptable es que se utilicen la intimidación, el encubrimiento del rostro y la agresión como herramientas de protesta. Puebla necesita debate, propuestas y participación ciudadana responsable, no provocadores que buscan notoriedad a costa de la confrontación.
La violencia, venga de donde venga, nunca será el camino para construir el progreso que el estado necesita.